"Bienvenido, Mister Marshall" o de cómo García Berlanga eludió con humor y sagacidad la censura de la dictadura franquista

Artículo realizado por María Fernanda López Goldaracena.

Por un camino polvoriento va carreteando el autobús hacia Villar del Río (Guadalix de la Sierra), un pueblo inserto en la Castilla profunda. En la plaza —eterno corazón del pueblo— todo rezuma antigüedad: la fuente, la iglesia, el ayuntamiento y el aula de la única escuela con un mapa de España en el centro y con otro del continente europeo “dulce y optimista”, en el que se recorta el desaparecido Imperio Austrohúngaro. El café, una vivienda sobria, alguna que otra tienda y el reloj detenido en el tiempo, completan el cuadro de la aldea que bien podría haber sido una recreación pictórica del genial Joaquín Sorolla.

Este pueblo de apariencia inmóvil, narrado magníficamente con la voz en off del inolvidable Fernando Rey, se verá sacudido por dos acontecimientos. El primero de ellos será la llegada de dos coloridos visitantes. En torno al autobús que trae la correspondencia, y a Don José (José María Rodríguez), el cartero portador de buenas nuevas, se produce el primer encuentro de los protagonistas, Don Pablo (José Isbert), el alcalde, dueño de casi todo lo que hay en el villorrio, la cantante andaluza Carmen Vargas (Lolita Sevilla), y Manolo (Manolo Morán), su representante. Manolo y Carmen llegan con una promesa: la de traer la alegría del flamenco a la austera villa castellana.

Y en medio de las corridas y los enredos se anuncia el segundo de los sucesos destinado a romper con la monotonía del lugar. Los emisarios del gobierno central hacen su aparición en Villar del Río, con una novedad que deja sin aliento a sus habitantes: aquella que notifica la pronta llegada de representantes del gobierno de los Estados Unidos. Los estadounidenses, cuales Reyes Magos del siglo XX, prometen venir cargados de presentes a una Villar del Río necesitada, inocente y crédula.

Manolo le propone a Don Pablo recibir a los visitantes como se merecen a fin de que, a partir de ese primer impacto, derrochen generosidad… y dólares. Para ello, le presenta una idea, la de transformar el pueblo en el producto español comercializable por excelencia: una aldea andaluza impregnada de jolgorio y fiesta, a modo de símbolos representativos de toda España.

La gente del pueblo, sencilla e incauta, no solo aporta su dinero para esta transformación: se suma a la opereta disfrazándose con sombreros, mantillas, peinetas y castañuelas, convirtiendo al austero pueblo castellano en una villa andaluza por obra y gracia del cartón prensado, la tramoya y las banderas. Con la ilusión intacta, pensando en los estadounidenses como portadores de regalos, la plaza del pueblo se convierte en una sala de peticiones en donde cada poblador realiza su pedido, desgranando ingenuidad y candidez.

Pero cuando los yankees llegan, también lo hacen el desengaño y la desilusión: los “americanos” pasan de largo y los pobladores de Villar del Río comprenden que no deben esperar nada del exterior. La moraleja confluye en la idea de que solo el trabajo, el esfuerzo cotidiano y la asunción de la identidad española, son aquellas fortalezas que van a sacar a España de la pobreza y la postergación en la que se encuentra inmersa.

“Bienvenido Mister Marshall” sale a la luz en el año 1952. Este es un dato central ya que debemos situar el film en el contexto de una España transitando la dictadura del general Francisco Franco, un régimen que marcará el pulso del país desde el 1 de abril de 1939 hasta la muerte del Caudillo, el 20 de noviembre de 1975, y que atravesará por diferentes etapas signadas por el autoritarismo y la represión.

Luego de una Guerra Civil que había dejado a España sumida en la pobreza y el dolor, contamos trece años desde el inicio de la dictadura hasta la fecha de realización del film. España se asumía como pretendidamente autárquica, pero en realidad se encontraba aislada en el plano internacional. Los años ´50 van a caracterizarse por el intento del régimen de romper con el aislamiento y lograr la apertura de las relaciones internacionales. También es el momento del Plan Marshall, un ambicioso programa de Recuperación Económica impulsado en 1947 a partir de la iniciativa del secretario de Estado estadounidense George Marshall, con el que los Estados Unidos buscaban insuflar alrededor de 13.000 millones de dólares (provenientes de su abultado superávit en la balanza de pagos), en la economía europea.

Los fines eran múltiples y variados. Como es de rigor y funcional al ADN del imperialismo estadounidense, que ya había aprendido las lecciones tras la Primera Guerra Mundial, se pueden contar entre los objetivos más altisonantes los de: evitar la pauperización promoviendo el consumo en Europa Occidental con el debido retorno a las arcas de Estados Unidos, impedir la influencia comunista en los países cercanos a su órbita y sentar sus bases estratégicas en el continente.

Los principales beneficiarios del programa fueron Gran Bretaña y Francia. España, por el contrario, que había jugado del lado del Eje y una vez concluida la guerra, seguía en manos de un dictador, no se encontraba (convenientemente) en el radar de los Estados Unidos para recibir la tan preciada ayuda. Sin embargo, la Guerra Fría que provocaría el nacimiento de un mundo bipolar, junto con la Guerra de Corea, inclinan a los Estados Unidos a revisar su política internacional. A partir de los ´50 el acercamiento entre España y los Estados Unidos se tornará palpable y concreto.

Lo cierto es que, hacia 1952, la situación continuaba siendo la de un marcado aislamiento económico. Y en algún punto, lo que el film critica es este aislamiento al que España se encuentra sometida. Pero, como veremos, no es lo único que se atreve a denunciar.

Ganadora en Cannes del Premio Internacional a la mejor película cómica y Mención Especial por su guion en el año 1953, “Bienvenido Mister Marshall” es el segundo film de Luis García Berlanga. Al primero, “Esa pareja feliz” (1951) – codirigido con Juan Antonio Bardem, le siguió “Bienvenido …” ambos en sintonía con el neorrealismo localista de la época, urbano el primero y rural el segundo.

Sin embargo, y aquí se despliega la genialidad de los guionistas Bardem, Berlanga y Miguel Mihura, bajo la apariencia naíf de una comedia de enredos, folklórica, con toques de comicidad e ingenuidad, que tenía por premisa la de promover la carrera de la cantaora Lolita Sevilla, y de hacer efectiva la denuncia de la falta de apertura estadounidense, se esconde una crítica mordaz e incisiva. La crítica irá dirigida a una dictadura franquista que mantenía en la miseria y el subdesarrollo al pueblo español, postergando por un lado la tan necesaria reforma agraria y por el otro la tan anhelada modernización igualitaria, encarnada en la figura de un ferrocarril que nunca llega y de una industria que se mantiene como materia pendiente.

Resulta sugestiva y un signo manifiesto del talento de los autores, la forma en la que el guion pudo esquivar la censura del régimen franquista. Creemos que esto ha sido posible por varios motivos. En primer término, porque bajo el costumbrismo de las escenas, los géneros folklóricos, el western socarrón y sin una aparente ideología de fondo, subyace la imagen de aquella España subdesarrollada, aislada interna e internacionalmente, inculta, pastoril, con los poderes de siempre muy del gusto de la dictadura, recreados en forma amable pero estereotipados rozando el ridículo. Enarbolando una supuesta austeridad como valor, la verdadera exposición es la de la miseria, solapada bajo la imagen ideal que la dictadura pretendía proyectar hacia el exterior, la de una Andalucía tomada como marca representativa de toda España.

El alcalde, el médico, el cura, el noble venido a menos, que viven de sus glorias pasadas y por qué no de su poder y cierta sagacidad, mientras el pueblo se encuentra sumido en la carencia, son figuras que la picaresca del Siglo de Oro español inmortalizó en obras clásicas, como Don Quijote de la Mancha y El Lazarillo de Tormes y que el film de Berlanga despliega con maestría y galanura. Resulta propicio recordar en este momento los versos del gran Calderón de la Barca, por esa sabiduría atemporal que los transporta más allá del siglo XVII, cuando fueron escritos.

“¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”.

Y así, como sentencia este fragmento de la inmortal La vida es sueño, los sueños del cura del pueblo, Don Cosme (Luis Pérez de León), del hidalgo Don Luis (Alberto Romea), de Don Pablo y de Juan (no acreditado-en IMDB Aquilino Ballesteros) nos transportan a los temores, visiones y deseos más profundos de la gente, encarnados en los de estos protagonistas.

El cura, símbolo de la “Cruzada por Dios y por la patria” y el hidalgo, símbolo de la nobleza y de los esplendores pasados, perciben a los visitantes el primero como herejes y el segundo como indígenas. Así, el film reivindica a los ojos del franquismo, la pureza de la raza, las costumbres y la cultura española. El alcalde, emblema de la justicia y la equidad, desparrama en la escena pastiche del western, con saloon, can can, flamenco, poker, whiskey y tiros incluidos, todo un conjunto de temores y deseos asociados a su visión de los “americanos”. Finalmente, el sueño de Juan encarnado en el tractor que cae como maná del cielo, representa la demorada reforma agraria y la modernización pendiente.

Las astucias del guion permiten a Berlanga exponer toda una suerte de lugares comunes en tono de denuncia. Los sueños del cura y del hidalgo se transforman en pesadillas, en el caso de Don Cosme mediante una referencia directa al Comité de Actividades Antiamericanas y al KKK (Ku-Klux-Klan), y en el caso de Don Luis, en relación a la visión construida del “salvaje americano” dispuesto a cocinarlo en el caldero.

El desamparo, el desinterés y el aislamiento se presentan disfrazados con el ropaje del humor: la confusión del funcionario del gobierno central respecto al nombre de Villar del Río y la de los pobladores que creen que los empleados de obras públicas son los enviados de los Estados Unidos; la indiferencia de los “americanos” a los que poco o nada les importa el pueblo y su recibimiento; la lluvia del final que lava la cara de la aldea llevándose consigo no solo la banderita norteamericana por la alcantarilla sino también la ilusión de la gente. El tono general es el de la ironía y la sátira, que la dictadura no pudo, no supo o no quiso ver. Enhorabuena.

Corre el 50 de la película. El pueblo se apresta al ensayo del recibimiento de los “americanos”. Luego del griterío de los más pequeños y la alegría de los presentes, primero se escuchan los acordes de “The stars and stripes forever”, la marcha nacional de los EE. UU. Y luego, la genialidad en la voz de Lolita Sevilla y del pueblo que se suma al canto: la “Coplilla de las divisas”, más conocida como “Americanos”. Bien vale para el cierre de esta reseña, invitando a nuestros lectores a disfrutar de este film, hoy más vigente que nunca.

Coplilla de las divisas

Los yanquis han venio′, ¡Olé! el salero con mil regalos
Y a las niñas bonitas van a obsequiarlas con aeroplanos
Con aeroplanos de chorro libre, que corta el aire
Y también rascacielos bien conservaos en «frigidaire»

Americanos, vienen a España guapos y sanos
Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío
¡Ole Virginia y Michigan!, ¡ y viva «Tersas» que no está mal!, no está mal

Os recibimos, americanos con alegría
¡Ole mi mare!, ¡Ole mi suegra y ole mi tía!
El plan Marshall nos llega del extranjеro pa’ nuestro «habío»
Y con tantos «parneses» va a еchar buen pelo Villar del Rio
Traerán divisas pa′ quien toree mejor «corría»
Y medias y camisas pa’ las mocitas más presumías

Americanos, vienen a España guapos y sanos
Viva el tronío de ese gran pueblo con poderío
¡Ole Virginia y Michigan ¡, ¡Y viva «Tersas» que no está mal!, no está mal

Os recibimos, americanos con alegría
¡Ole mi mare!, ¡Ole mi suegra y ole mi tía!

(https://genius.com/Lolita-sevilla-coplilla-de-las-divisas-americanos-lyrics)

Ficha técnica

Afiche promocional de la película.
Afiche promocional de la película.

Título original: Bienvenido, Mister Marshall

Año: 1952

País: España.

Duración: 75 minutos.

Dirección: Luis García Berlanga.

Guión: J. A. Bardem, L. G. Berlanga y Miguel Mihura.

Música: Jesús García Leoz

Fotografía: Manuel Berenguer.

Decorador: Francisco Canet.

Montaje: Pepita Orduña.

Producción: Uninci, S.A.

Reparto: Lolita Sevilla (Carmen Vargas), Manolo Morán (Manolo), José Isbert (El alcalde, don Pablo), Alberto Romea (El hidalgo, don Luis), Elvira Quintillá (Srta. Eloísa, la maestra), Luis Pérez de León (El párroco, don Cosme), Félix Fernández (el médico, don Simón), Fernando Aguirre (El secretario del ayuntamiento), Joaquín Roa (El pregonero), Rafael Alonso (El enviado), Fernando Rey (El narrador).

Género: Comedia, Ficción.