El mantón de Manila. La más hispana de las especias de Oriente

por Lic. Jorge Rigueiro García FyL – UBA – FHE

«Envolverse en él es, como vestirse con un cuadro (…) La industria no inventará nada que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores, flexible, pegadizo y mate con aquel fleco que tiene algo de los enredos del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres en los tiempos en que su uso era genera…» 

(Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta)

Archivo: dominio libre

“¿Dónde vas con mantón de Manila? ¿Dónde vas con vestido chinés?
A lucirme y a ver la verbena,
y a meterme en la cama después
(De La verbena de la Paloma, Cuadro 2º, Habanera concertante)

Entre las imágenes que suelen tenerse en la cabeza respecto de “España”, indudablemente surgen de inmediato, suntuosos, coloridos y etéreos mantones de Manila.

Mujeres de todas las extracciones sociales y de todas las regiones peninsulares se abrigan, adornan o “arman jaleo” con alguna de estas exquisitas piezas textiles, auténticas obras de arte de laboriosa ejecución y de acuerdo a materiales, diseño y terminación, es también su precio.  

“Hermano” de la mantilla y del manto, mantellina o manteo de medio cuerpo, tuvo una vida separada de éstos. La mantilla, para misa, viudez o solteronas es una pieza de tocado que puede alcanzar alto refinamiento, en tanto el manteo o mantellina, es un abrigo para todo uso y ocasión de hombres y mujeres.  

Los mantones de Manila” – Fernando Fader (1914). Foto: Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

Pero veamos que es un mantón de Manila, inmortalizado en La Verbena de la Paloma, en uno de los dúos más conocidos de la zarzuela. De indudable origen chino, los bordados en sedas con dragones, pagodas, crisantemos y otros diseños, hicieron famosa a la ciudad de Cantón, pero cuando Filipinas fue parte del Imperio Español, numerosas piezas que no eran sino prácticas de mujeres que se “entrenaban” en el bordado para conseguir un buen partido y casarse, fueron usados para embalar objetos delicados como porcelanas o especias, pero no necesariamente como complemento de vestimenta. 

Estos cargamentos salidos del puerto de Manila desde mediados del siglo XVI tomaron dos rutas: una que llegaba en penosos y larguísimos viajes hasta Sevilla y la otra, más corta, llegando a México y desde allí, vía Panamá, al mismo puerto final en el Guadalquivir.

Bordado de un mantón de Manila – Foto: Activos Digitales IAPH

Es en México del siglo XVII, y mucho más en el siglo XVIII, donde estas grandes piezas cuadradas de seda adquirieron la conformación final “hispana” con la que las conocemos y que recalaron en la cultura peninsular posteriormente: se empezaron a bordar los diseños florales propios del Mediterráneo, aunque con muchos significados orientales: claveles, peonías, representativas de la abundancia y prosperidad, flores del ciruelo, emblemas del triunfo de la vida tras el invierno, las del duraznero, símbolo de las bodas y las novias, granadas, en tanto abundancia  y coronas entre numerosas simbologías, el infaltable loto, superioridad espiritual en el Oriente y flores de peral, representativas de la inmortalidad o hasta imágenes de edificios.

Para completar, se empezó a rodear este auténtico cuadro de simbolismo de vistoso y fuerte colorido más intenso que su antepasado chino, un intrincado sistema de flecos o “flecado”, el que desde antiguo tenía finalidad mágica: neutralizar las fuerzas negativas de la tierra y el influjo del maligno a la vez que fueron empleados para contrarrestar la fascinación o mal de ojo. Ya en Caldea, los sacerdotes adornaban con largos flecos sus vestiduras y eran símbolo de su poder. Este flecado está confeccionado, siguiendo la tradición árabe y con influencias del encaje de bolillos de Malinas, con hilo de seda y técnica de macramé, con un texturado a base de nudos, inexorablemente hechos de forma manual y que constituye una de las labores textiles más complejas y vistosas.

El mantón y su colorido fue inspiración de grandes pintores a ambos lados del mar, iluminando sus telas con estas piezas deslumbrantes, como por ejemplo Joaquín Sorolla, Gabriel Morcillo, Ignacio Zuloaga, Manuel Benedito Vives o Fernando Fader.

El baile. Estudio para la Cruz de Mayo” – Joaquín Sorolla (1914) -Foto: Museo Sorolla – Madrid
Bailaora flamenca con mantón. Foto: https://puroarteflamencojerez.com/en/gallery/



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