Como hicimos al mundo. Un viaje a la condición humana

artículo realizado por Rosa Elena Figueroa

Con la dirección de Roland Joffé y bajo la inolvidable música de Ennio Morricone y su Ave María Guarani, El oboe de Gabriel, En la Tierra como en el Cielo, entre otras, La Misión resulta un film extraordinario que cuenta una historia: la historia de los jesuitas de la Misión de San Carlos, de su obra evangelizadora en una zona de frontera en disputa. Se juegan intereses políticos, económicos, hegemónicos, se juega el poder de las casas reales en esos territorios y de la Iglesia en la región, pero sobre todo en Europa. La película rescata, además, la tarea y el ímpetu de estos sacerdotes que buscan conquistar esas almas para Jesucristo, pero va más allá. Invita al espectador a un viaje a la condición humana, a cómo nos relacionamos con el otro distinto a nosotros, llama a un debate religioso y filosófico sobre nuestra responsabilidad frente a los demás, sobre nuestras acciones, sobre esas decisiones más o menos pequeñas o rutinarias que parecen el deber cumplido pero que hacen al mundo lo injusto que es: el mundo no es así, “así es como hicimos al mundo”.

El cardenal Altamirano, a media luz en primer plano, con mirada inquisitiva y cierta furia, entre ironía y crudeza, dicta «y los indios son libres otra vez para ser esclavizados por colonos españoles y portugueses».

Así comienza la historia de estos misioneros jesuitas y de su labor evangelizadora en ese «confín más lejano» de la Tierra, en esa selva que esconde las inmensas y majestuosas cataratas entre las fronteras de los dos grandes imperios ibéricos: el español y el portugués. En aquel sitio, Altamirano (Ray McAnally), que regresa a su historia en un tono menos incorrecto, ubica el tiempo y el espacio: es 1758, en la parte sur del continente de América, en la ciudad de Asunción, en la Provincia de la Plata, a dos días de marcha de la gran Misión de San Miguel. Mientras el secretario se afana a la pluma, la voz del enviado papal acompaña el cambio de escena que presenta a la iglesia de la Misión de San Miguel, las cuales han dado, se escucha, «refugio a los indios contra las peores depredaciones de los colonos y han provocado mucho resentimiento por ello». Pronto la imagen de un sacerdote jesuita tocando el violín junto a indígenas guaraníes, niños y jóvenes que se aplican a los suyos, tienen el trasfondo del cardenal que prosigue: «las nobles almas de estos indios se inclinan hacia la música». Ese sacerdote es el padre Gabriel. Rescata el cardenal que muchos de esos instrumentos que en Roma se tocan han sido hechos por las «hábiles manos» de los nativos. Así continúa Altamirano contando de dónde partió la evangelización y cómo a cambio, ésta recibió el “martirio”. Mientras, se desliza la imagen de la Misión de San Miguel, una cruz de plata que se esfuma para mostrar al jefe de los guaraníes, los pies descalzos y uno de ellos con vestidos de ritual. Toman algo en andas y corren por entre la espesura hasta la orilla del río. El bosque rodea, un hombre blanco amarrado a una cruz de madera y los nativos soltándolo a la deriva en el agua que parece tranquila. Después los rápidos, el desdichado que gesticula aún con vida, pero sin resistencia, lleva una corona de espinas envolviendo sus sienes y es como una rama inerte arrastrada por la tempestad. El final: desde la cumbre, caen de cabeza cruz y hombre hacia el fondo que parece sin fin, las nubes de vapor, el sonido furioso del golpe del agua sobre las piedras y sobre el río que espera y devora. Hombre y cruz desaparecen allí.

Con la dirección de Roland Joffé y bajo la inolvidable música de Ennio Morricone y su Ave María Guarani, El oboe de Gabriel, En la Tierra como en el Cielo, entre otras, La Misión resulta un film extraordinario que cuenta una historia: la historia de los jesuitas de la Misión de San Carlos, de su obra evangelizadora en una zona de frontera en disputa. Se juegan intereses políticos, económicos, hegemónicos, se juega el poder de las casas reales en esos territorios, se juega el poder de la Iglesia en la región, pero sobre todo en Europa. La película rescata, además, la tarea y el ímpetu de estos sacerdotes que buscan conquistar esas almas para Jesucristo.

Alter-ego

El personaje del cardenal Altamirano introduce al espectador en la trama y presenta «al hombre cuya vida se mezclaría definitivamente» con las de los guaraníes. Es el personaje interpretado por Jeremy Irons, el Padre Gabriel, jefe de los jesuitas. Éste será el álter-ego del otro protagonista, el capitán Rodrigo Mendoza encarnado por Robert De Niro. Gabriel es un cristiano convencido, no sólo del mensaje de Jesús sino de la bondad de la condición humana, de su capacidad de amar, y del amor como el instrumento de Dios sí, pero también de cualquier cosa que los seres humanos podamos intentar. Gabriel es la paz, la paciencia y la palabra sin temor para provocar en el otro el despertar de su conciencia, de su reflexión. Como cuando interpela a Mendoza ensimismado en su remordimiento por haber matado a su propio hermano. Rodrigo, en cambio, es la ambición, la falta de escrúpulos, la frialdad y la crueldad, la codicia y el orgullo. Es la furia, la ira de sus ojos y la tenacidad que jamás lo abandonará, aun cuando su alma sufra la más radical conversión a lo largo de la historia, es la fuerza de su espíritu. Gabriel, no por bondadoso es débil, al contrario, su fortaleza es incólume y enfrentará sin reparos a la muerte. Jamás duda, excepto en el final. Aun así, no cederá en su fe cristiana ni en el amor. Es en ello tan tenaz como Mendoza.

La entrada en escena del capitán mercenario cazador de indios contrasta con la paz y la templanza con que aparece el padre Gabriel. El oboe de Gabriel acompaña la figura del sacerdote que, flanqueado por sus compañeros, emerge de las nubes de vapor de agua de los saltos más pequeños frente a las poderosas cataratas. Solo y descalzo, «armado» con un oboe, se lanza a una riesgosa escalada por las piedras flojas y empapadas bajo el rocío incesante de la gigante vertiente. Allí, en el espeso bosque, se inquietará al ver una cruz y un animal que de ella cuelga a modo de advertencia. Como encantando con su música, sentado en una roca atraerá la atención de los guaraníes que primero aparecen muy amenazantes, con sus arcos y sus flechas. La escena es muy sugestiva. La dulce melodía parece ejercer cierta seducción entre los nativos, hasta que irrumpe el jefe que le quita el instrumento, lo parte y lo arroja al agua. Los otros guardan silencio hasta que uno recoge el oboe, trata inútilmente de repararlo y termina por devolverlo a su dueño. Éste es tomado de la mano y llevado pacíficamente. Allí comienza una historia. Mendoza, al contrario, aparece al espectador con brusquedad. Una red atrapa a un grupo de indígenas que camina por la selva.  El rostro del mercenario se distingue detrás de los cautivos que cuelgan y gritan desde la trampa. Implacable, no permitirá que nadie escape y dispara por la espalda a uno de los fugitivos mientras los otros huyen. En esa intensa cacería se toparán ambos protagonistas, cuando los guaraníes encuentren en Gabriel la protección. Desafiante Rodrigo Mendoza, apenas visible y acaso, sin atreverse a enfrentar a sus víctimas, le advierte al sacerdote que no tendrá tiempo de hacerlos cristianos.

Rodrigo regresará a la ciudad donde hará una entrada triunfal con sus “trofeos” vivientes amarrados de las manos. Allí los venderá por unas cuantas monedas de oro a Cabeza (Chuck Low), un colono traficante de esclavos. Allí verá a la mujer amada y se enterará que ha perdido. Ella le confesará que quiere a Felipe (Aidan Quinn), el hermano menor de Rodrigo y notará la amenaza en el rostro de éste, quien afirmará que no le hará daño al joven, pero será otra la suerte. El film transmite la tensión siguiendo el silencio taciturno del protagonista, el espectador percibe que la tragedia es inminente. Durante una jornada Rodrigo ha podido dominar su rabia, ahora ya no podrá. El orgullo, la traición, la envidia. En medio de un duelo, Rodrigo asesina a su hermano.

Todo el ímpetu de Mendoza quedará sepultado bajo el terrible pecado que rememora al de Caín contra Abel. La lluvia gris que cubre la llegada de Gabriel al encierro monástico donde se encuentra, anticipa el estado del alma del cazador de esclavos. Nada ha quedado de aquel mercenario altivo y cínico. ¿Nada? Nada, excepto su carácter y algún vestigio de su orgullo. Mendoza aceptará la propuesta del padre como un castigo que se impondrá a sí mismo.

La redención

Las escenas del regreso a la misión de la meseta sobre las cataratas simbolizan la magnitud del pecado como elección de vida. La voluminosa carga de espadas y armaduras que lleva Rodrigo son el peso de su conciencia. Ha matado a su hermano, pero acaso no es sólo ese crimen. Atado a sus remordimientos, contra la corriente, escalando la cuesta cubierta del monte, y cuando parece alcanzar la cima que encarna el fin de la penitencia, el tremendo peso de la culpa y de las armas con las que ha asesinado lo arrastran hasta el fondo de lo imperdonable. Lo atascan por momentos, la selva no le da su indulgencia al criminal que de ella se ha llevado la vida, tantas vidas. El padre Rafael (Liam Neeson) se atribuye el perdón. ¿Acaso ya es suficiente el castigo? No. Mendoza no es piadoso y menos consigo. Volverá por su pena y tirará de ella hasta remontar las vertientes, donde en la alta meseta esperan los guaraníes. No es sólo el crimen de su hermano, es el camino que ha elegido como le dijo Gabriel. Son todos esos inocentes por cuya venta ha cobrado monedas de oro, como Judas. Los indígenas se alteran al verlo, lo reconocen. La reacción es al principio agresiva o mejor dicho defensiva. El padre Rafael, quiere intervenir de nuevo, pero Gabriel lo impide, confía en los guaraníes, o mejor, en el juicio de Dios. Él decidirá si el escarmiento es suficiente. Pero Dios no se presenta sino las viejas víctimas de Mendoza. Nada intenta, allí entregado y sumiso, de rodillas a merced de sus perseguidos que tienen el poder del perdón o de la condena. A punto de matarlo, la daga termina por cortar la soga que une al cazador con su insoportable carga de remordimientos, arrojada al precipicio de agua que devora todo. Terminó. Mira el pecador a sus víctimas, son ellos sí, lo han liberado. Su llanto, las risas de los indígenas que, con Gabriel, lo abrazan. Ha sido perdonado, celebran porque esas risas no son de burla sino de indulgencia, la indulgencia de Dios que ha sido otorgada a ese hombre que llora, porque ya no arrastra el pesar de sus crímenes. No, no era sólo su hermano, sino éste acaso el símbolo mayor de todas las muertes.

En la Misión de San Carlos, que el padre Gabriel ha fundado, pasarán los días de paz, de trabajo, de oración, de naturaleza bella y calma proveedora de agua y alimento. El canto de los indígenas de fondo, y unas muchachas que toman de la mano a Mendoza y lo llevan a hacerle pinturas tradicionales. Todo es tranquilo hasta que un episodio interrumpe este idilio de oraciones y trabajo en que parece vivir toda la comunidad: una correría para cazar un cerdo salvaje. Los guaraníes quieren que Rodrigo termine con la vida del pobre animal, pero él se niega. Por primera vez, hay piedad en sus ojos, es incapaz de tomar la lanza y quitar otra vez una vida. No lo hará ni presenciará el hecho. ¿La violencia, el matar, es acaso inseparable de la condición humana?

La lectura de las cartas de San Pablo, obsequiada por Gabriel, le hablará a Rodrigo del amor, nada se tiene si no se tiene amor y lo decidirá a ser jesuita. Por eso La Misión, va más allá de lo religioso e invita a pensar en la condición humana, en los debates internos de cada ser humano, en sus miserias, en el poseer, en el amor que se siente pero que no se da, que no se expresa en acciones, y en las acciones vacías, que por más nobles que puedan ser, tal vez no sean más que abstracciones, gestos sin sentido si no se tiene amor. 

Una de las escenas más memorables del film es la de la audiencia entre el enviado papal, el cardenal Altamirano, los jesuitas del padre Gabriel con la comunidad guaraní y los representantes de los colonos, Cabeza y Hontar (Ronald Pickup). El canto melodioso, se diría celestial, de un niño indígena es escuchado con atención por todos, salvo por don Cabeza, que se muestra muy incómodo. La audiencia es presidida por el cardenal que debe dilucidar un asunto crucial. El Tratado de Madrid de 1750 ha dejado esos territorios en manos portuguesas, cuyas leyes permiten esclavizar indígenas. Las españolas, en cambio, lo prohíben y sin embargo los colonos, lejos de los lazos sociales de la metrópoli, no acatan estas disposiciones. Esta es una verdad sabida por todos, acaso confesas en las palabras de desprecio que pronuncia el personaje, pero una verdad que no se proclama. No hay esclavitud en territorios españoles dice Cabeza y esto es lo que despierta la reacción de Rodrigo. Esta escena es por lo demás, central. Pone al espectador al tanto del contexto de la época, de la profundidad de los intereses en juego que la narración de Altamirano ha ido adelantando a lo largo de la trama. Está en disputa la autoridad de la Iglesia frente al Estado, están de por medio las ambiciones de los colonos portugueses y españoles interesados en la mano de obra esclava para sus plantaciones y la codicia de los traficantes y mercenarios que cazan indígenas para su venta. También lo está la evangelización, la conquista de las almas para Cristo. Y la discusión cuyos relatos recuerdan al célebre debate entre Sepúlveda y fray Bartolomé de las Casas: la condición de los habitantes de estas tierras americanas, que nos lleva a pensar en el problema del otro.

El otro

Repasando a Todorov1 diríase que los europeos conocen a los nativos y utilizan lo “conocido” para comprender y hacer comprender a los suyos: el canto cristiano del niño guaraní, sus habilidades para fabricar los violines que se tocan en el propio viejo continente. ¿Pero es esto valorizar al otro por lo que es, o más bien por lo que produce? Hay quienes parecen no interesarse ni por conocer ni por comprender. ¿Por qué Cabeza y los demás quieren destruir? Por la codicia y la voluntad de dominio. Y también por superioridad, por concebir las diferencias como jerarquías: el otro es un animal, poco más o poco menos que una bestia. Como Sepúlveda comparó a las construcciones de los imperios americanos con las telas de las arañas, así traza paralelismo Cabeza entre la bella voz del niño guaraní con un perico que aprende a cantar. Cuanto más lejanas y extrañas sean las víctimas, explica Todorov2, será mejor, se podrá exterminarlas sin remordimientos, equiparándolas a los animales. Si hay reconocimiento del individuo, el obligar a esas víctimas a trabajar por el látigo, como dice el personaje, sería esclavizarlas y su muerte, un homicidio. Por eso no puede haber reconocimiento. Pero las leyes de España se observan, dice el representante de los colonos. ¿Se cumplen? Lejos del poder real, del poder central, los lazos sociales se aflojan, se rompen y “todo está permitido”. Pero no es algo que se pueda admitir a viva voz. Por ello la irrupción de Rodrigo exponiendo la mentira y la verdad, ofende. En otra escena dirá Cabeza a Altamirano, que en esas misiones se les enseña “el desprecio a la propiedad y al provecho legal”; esta es la piedra de toque de la alteridad que lleva al no reconocimiento: el ausente, dice Todorov. Y después los jesuitas. ¿No emula Gabriel a Las Casas cuando justifica el infanticidio? ¿No viene a la mente del espectador Las Casas exponiendo las razones para el sacrificio? El film rescata con pasión la labor evangelizadora de esta orden y logra sin dificultades la empatía del espectador con su causa, una identificación profunda con la obra de amor. Al mismo tiempo, no obstante, tal vez sin buscarlo, despierta otras preguntas. ¿El reconocimiento del otro, de su identidad propia, se da en los jesuitas? ¿Cuándo Gabriel dice que son por naturaleza espirituales, ve en los guaraníes una propia espiritualidad o proyecta en ellos la espiritualidad cristiana que ha venido a traer? ¿No hay acaso una afirmación de su fe como la única verdadera? ¿No se refleja esto en la respuesta de la niña en brazos del sacerdote que, ante la orden de abandonar la misión, tiene miedo y rechaza volver a la selva? ¿No se trata en el fondo de una discusión sobre el método?

La condición humana

El cardenal Altamirano está inmerso en una disyuntiva muy profunda. Así lo ha narrado al espectador, su misión es la de satisfacer a todos menos a aquellos a quienes su conciencia le dicta.  A Portugal que quiere “agrandar su imperio”, a España que desea no ser dañada por ello, a su Santidad que no quiere que amenacen el poder de la Iglesia, y a los colonos que, asegura, están ofendidos por ese “intento de crear el paraíso en la Tierra” que los jesuitas han fundado en esa región y que los priva de mano de obra.

La historia continúa con las visitas del cardenal a las misiones. Primero a la gran Misión de San Miguel, que lo maravilla: no estaba preparado, dice, para “la belleza y la fuerza” del miembro del cuerpo que lo han enviado a amputar. No será fácil la decisión. Intentará posponer la entrega de los territorios jesuitas a la autoridad del monarca portugués, pero no lo logrará. Hontar se lo explica: el marqués de Pombal, “hostil a la Iglesia” como sabe Altamirano, no quiere esas misiones “comercialmente competitivas”. El padre Gabriel lo convencerá de visitar San Carlos, su misión. Allí también se maravillará, pero el tiempo se agota. Altamirano lucha con su conciencia, o mejor dicho no sabe cómo calmarla porque hará lo que ha venido a hacer. En la escena del diálogo con los guaraníes y Gabriel de intérprete, el cardenal es tajante: los habitantes de las misiones deben abandonarlas, regresar a la selva, los sacerdotes deben retirarse también y acompañar al enviado del Papa. Es la voluntad de Dios y no hay que pretender entender por qué Dios ha cambiado de opinión. El rey de Portugal no quiere escuchar razones y es inocente el jefe de los indígenas que quiere resistir creyéndose con la misma autoridad que aquel monarca. No escuchará y no regresará al bosque, no entiende por qué Dios ha cambiado de opinión. Sentencia que no debió haber confiado en los blancos. 

La decisión ha sido tomada, el padre Gabriel y sus monjes no dejarán a los indígenas a su suerte, éstos no se irán de las misiones, pero los territorios bajo protección de la orden jesuítica pasarán indefectiblemente a la autoridad portuguesa. En los hechos, esto es quedar a merced de los colonos portugueses y españoles, de sus necesidades comerciales de mano de obra esclava, de Cabeza y de Hontar y de su sumisión por medio del látigo. Pero ¿qué hará Rodrigo? La imagen es la de su rostro enfrentado de nuevo a una elección que lo condujo por el camino equivocado. ¿Es ahora ese camino el correcto?

El final es un profundo debate filosófico y religioso sobre la condición humana. Un cuestionamiento sobre el poder del amor y de la oración y sus límites, sobre la paradoja de un Dios que parece haberlos abandonado. ¿Cuál es el camino frente a la violencia? ¿Cómo se la combate? ¿Se puede responder a la violencia ciega y arrasadora con amor? ¿Vence el martirio del amor al odio que ataca? ¿La violencia se justifica para defender lo justo? ¿Con quién estará Dios si es así? Acaso no queda otra cosa que la violencia porque los guaraníes perecerán si nadie los defiende. Dios no está allí para detener los disparos de cañón. Cuántas veces puede el espectador preguntarse: ¿dónde está Dios en esos momentos?; ¿por qué no impide la injusticia del poderoso contra el débil?

Mendoza ha decidido que tomará las armas para resistir, discute con Gabriel que firmemente cree que Dios es amor. Junto con otros padres y guaraníes robarán armamentos a los soldados portugueses acantonados al pie de las cataratas y dispondrán las defensas. Rodrigo esa noche, vuelve a matar, no sin perturbaciones, pero vuelve a quitar la vida. En la despedida de ambos Gabriel le niega la bendición solicitada y, sin embargo, duda por primera vez. No de Dios, no de su fe, no de su elección personal por el camino del amor y de la paz. Pero no sabe si es ese el verdadero camino. ¿Acaso puede la violencia ser lo correcto a veces? ¿Qué queda como último recurso desesperado frente a un odio que no entiende sino de violencia? No puede comprender ese mundo, si es así no puede haber amor y él no quiere vivir en él. De nuevo, el juicio de Dios: si Rodrigo tiene razón Dios lo bendecirá, por eso no será él, Gabriel, quien lo haga y, a pesar de ello, le entrega su propia cruz. Una manera acaso de decir que quiere y desea que Dios esté con ellos y con su causa.

El debate interno afecta, incluso, a los soldados portugueses que deben embestir contra la misión, pero las órdenes serán cumplidas. En el río, el padre Rafael emprende una emboscada. Es una batalla en el agua, los guaraníes con sus flechas y el padre con armas de fuego, luchas cuerpo a cuerpo, ejecuciones contra los indígenas capturados, el horror de los niños de la misión que escondidos en el monte observan cómo muere su gente. El comandante de los portugueses ordena ir contra el sacerdote. Rafael y los guaraníes que están con él enderezan la canoa en dirección al escape, los persiguen. El comandante no deja de vociferar que no lo dejen escapar, que lo maten, que sigan. Los que huyen conocen muy bien el camino que han tomado y se impulsan decididos. Los que no saben lo que hacen son los perseguidores, empeñados en su cacería. Una bala mata a Rafael que cae en la balsa. Los rápidos, una bifurcación en el derrotero del río y la desesperación. Los guaraníes incitan sin pausa la embarcación que se dirige a las cataratas. La fuerza de la naturaleza es incontenible. El pánico será sólo de los portugueses que ante el espanto de lo que les espera empiezan a gritar para volver atrás. Ya no es su decisión. Es todo un mensaje, los nuevos cristianos, los que deben ser sometidos por el látigo como decía Cabeza, no temen a la muerte, se encaminan a ella decididos, como si después hubiese vida. Los cristianos de vieja civilización están aterrorizados. Como en el principio del film, las inmensas vertientes y nubes de vapor toman lo que debe volver a la tierra.

En la misión los otros padres resisten y mueren junto a los guaraníes bajo las balas. Rodrigo no puede accionar los mecanismos de defensa que ha dispuesto y deberá elegir: reparar la trampa para volar el puente e impedir que los enemigos crucen o amparar al niño que cuelga herido de bala del otro puente. Lo salva, pero resulta herido, y así corre con esa vieja tenacidad a completar la tarea. El comandante portugués ha mandado a romper la cuerda que accionaría la explosión. Rodrigo tira una y otra vez sabiendo que es inútil. Le disparan. En su agonía, la última visión sigue a Gabriel. Éste, durante los enfrentamientos, ha sido fiel a su amor. Congregando a los guaraníes que han elegido acompañarlo, ha estado esperando la muerte orando, cantando. Cuando las flechas cubiertas de fuego de otros indígenas esclavizados para hacer matar a sus hermanos, caen sobre los techos de paja para comenzar el incendio, empiezan a caminar hacia sus verdugos. Algunos gritan, lloran, otros se desploman y los demás siguen incólumes con el sacerdote. Rodrigo los observa, en su pecho la imagen hace notar el brillo tenue de la cruz de Gabriel. Un disparo martiriza al sacerdote jefe de los jesuitas. Rodrigo deja caer su cabeza y muere.

La noticia de la matanza es presentada a Altamirano por el cinismo de Cabeza y la simplicidad pragmática de Hontar. Las culpas cruzadas y compartidas sirven como barrera a los reproches. El cardenal tiene los ojos cubiertos de lágrimas, pero es tarde. El film vuelve a mostrar que va más allá de lo religioso, pregunta sobre nuestra responsabilidad frente a los demás, cuestiona directamente al espectador sobre sus acciones, sobre esas decisiones más o menos pequeñas o rutinarias que parecen el deber cumplido pero que hacen al mundo lo injusto que es: el mundo no es así, “así es como hicimos al mundo”.

La voz de Altamirano ha narrado al espectador cada instante de la historia. La escena final abre el futuro en que parece que solo los niños guaraníes han sobrevivido. Están como antes de la llegada de los jesuitas. La niña rescata un violín del río. El niño que guía la canoa es el amigo de Rodrigo, el mismo que no sonrió cuando su gente lo perdonó, el que lo fue aceptando, el que lo seguía a cada instante, el que rescató la espada del río y la puso en sus manos para emprender la defensa, el que lo vio morir. La voz del cardenal cierra sentenciando: el espíritu de los sacerdotes muertos sobrevivirá en la memoria de los vivos.

Notas:

1 TODOROV, Tzvetan. “Amar”. En: La conquista de América: el problema del otro. Buenos Aires: Siglo XXI, 2008, pp. 135-220.

2 TODOROV, Tzvetan. “Amar”. En: La conquista de América: el problema del otro. Buenos Aires: Siglo XXI, 2008, pp. 135-220.

Ficha técnica

Título original: La Misión

Año: 1986

Duración: 125 min.

País: Reino Unido

Dirección: Roland Joffé

Guión: Robert Bolt

Música: Ennio Morricone

Fotografía: Chris Menges

Reparto: Robert De Niro, Jeremy Irons, Ray McAnally, Aidan Quinn, Cherie Lunghi, Ronald Pickup, Liam Neeson, Chuck Low, Rolf Gray, Bercello Moya, Daniel Berrigan

Productora: Warner Bros. Productor: David Puttnam

Género: Aventuras. Drama/Histórico. Siglo XVIII. América colonial. Religión.

Afiche promocional de la película. Foto extraída de: https://www.filmaffinity.com/es/film823863.html

Los comentarios están cerrados.